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jueves, agosto 28, 2014

Escribir y volverse loco

Si la escritura no tiene sentido ¿para qué empezar? Mi problema es que sí lo tiene y lucho para escribir cualquier bobada. Ese es el gran obstáculo siempre: ¿para qué escribir? Cuando logro, de algún modo, una respuesta valiosa para mí, tengo que enfrentar las razones negativas de los demás (así no estén presentes). Por eso diría que escribir es un esfuerzo colectivo. No se puede hacer sin los demás. Si "los otros" son más hábiles, pueden acabar con cualquier vocación por la escritura. A nivel general, me choqué, y de forma paulatina, con que nadie te forma para escribir. De primerazo pensé en el periodismo, como Gabriel García Márquez y otros. Pero ahí la escritura está supeditada a otros fines y pasa por poderosos filtros que "te retan" a trampearlos para encontrarse con el público. Me di cuenta de que la estructura exige una total identidad con el medio o una hipocresía perpetua. Antes de acabar la carrera* pensé en "Literatura", la licenciatura que ofrecen varias universidades. Las mismas estudiantes de esa carrera, que conocí en yoga, me sacaron de la ilusión. Ellas se formaban para animar a los muchachos de colegio a escribir. Descubrí que yo había padecido ese tipo de asignatura: estaba llena de una excesiva y repugnante reverencia por España. Es como si 200 años de independencia no hubieran tocado esa asignatura. En realidad no animaba a nadie. Lo que hacía era encasillarlos a todos en formatos y tendencias preestablecidas. Después, mucho después, conocería artistas plásticos que se fueron al otro extremo: querían romper cualquier horizonte moral. Les pregunté si eso no abriría la puerta al abuso, la tortura, llevar lo peor de la humanidad a un nivel "sublime". Me respondieron que no, que los horizontes morales le habían hecho más daño a la humanidad; ¡como si "la crisis de la razón" no hubiera ocurrido después de la 2a guerra mundial, hace más de 60 años! La discusión con ellos no se ha detenido. Sin duda, respeto mucho su trabajo, en especial cuando está bien hecho.

Así, me encontré en la escritura pretendida por mí una actividad de alto riesgo. Toca sacrificar un tiempo que generaría ingresos en otras actividades, estarlo defendiendo en una sociedad metalizada, y correr el riesgo de perder la razón cuando se hace de forma profunda y metódica. Después de todas esas luchas, planteadas apenas para empezar, cuando uno le saca el tiempo y se dedica a crear o seguir universos que no son éste, puede empezar a quedarse en "eso otro" y perder el contacto con la realidad. García Márquez lo hizo durante meses para parir "100 años de soledad". El es autor de otras épocas, con camisas de fuerza más apretadas. Yo inicié el camino cuando la historieta estaba ahí para tentarnos a todos, para pedir a la madre proveedora que nos saciara esa necesidad. Los de ahora tienen un bombardeo todavía más riguroso: por todas partes les llega el influjo de tendencias grotescas, enajenantes, que sirven primordialmente a públicos que no son el nuestro.
Sus búsquedas, sus luchas, se localizan en áreas lejanas, que no nos describen. Los muchachos (y en parte yo mismo) crecen con imágenes del mundo que no son suyas, pero que les interpelan y les llevan a identificarse, en desmedro de lo nacional, lo local. Lo que se produce aquí compite con muchos menos recursos, pero a veces está guiado por profesionales que conocen nuestra tragedia y tratan de dialogar con ella, casi siempre con muy poco éxito. Niños y muchachos están muy ocupados soñando cosas ajenas, pensadas minuciosamente para inocularles el control de su consumo. "¡Compra, compra!" parece gritarles el sistema a cada pequeño minuto que les dedica. "Compra y serás feliz", como si no hubiera peor falacia. No defiendo un orden en donde el interés mercantil sea reemplazado por la sumisión al control político. Defiendo un orden en donde niños y jóvenes intervienen mucho más allá de escoger si lo que se emite es una película o la otra (con sólo dos opciones para escoger). Un orden en donde ellos y ellas determinen el color, el grosor de las líneas, las velocidades, el nivel de lo grotesco o lo extremo, incluso con escasa supervisión de sus padres. Pero que sea de ellos, no de corporaciones nacionales o multinacionales (en nuestro país vienen a ser lo mismo, pero eso es otro rollo). El punto de vista crítico es indispensable para pasar a ese orden, para que niños o muchachos empiecen a soñar sus propios sueños. Vale la pena repetirlo: SOÑAR SUS PROPIOS SUEÑOS. Nos van a inquietar, nos van a escandalizar, pero será mucho mejor que ese "manto sordo" con el que hemos decidido cubrirlos. Si logramos sacarlos de esa cubierta, podremos, por fin, escucharlos.

La escritura, igual que otros procesos creativos, implica tener esas libertades suyas que no hemos sabido darles. Y nadie puede dar de lo que no tiene. Es física e idealmente imposible. Si no tengo manzanas, no puedo dar manzanas. Si no tengo libertad, no puedo compartir algo que no tengo, ni conozco ni he experimentado. El solo hecho de intentarlo, en mi limitado horizonte personal, tiene profundas implicaciones políticas. Nos cuestiona la relación con la forma misma en que entendemos la realidad. Lo que tenemos en la cabeza lo podemos controlar, manipular, influir. Es nuestro universo; en él, lo que decidimos se hace, según las reglas que nosotros mismos determinamos. Esas reglas pueden ser tan precisas o tan exigentes como las de esta realidad "física" que compartimos. Es importante que descubramos cuán descuidado está ese mundo interior. Vamos por la vida disimulando, haciendo e incluso hablándonos a nosotros mismos como si ese mundo no existiera. Eso, sólo eso, es ya una locura. Si las sociedades empiezan a negarlo, pueden llegar a negarnos la mismísima libertad de pensar. Y de pensar lo que se nos dé la gana! Si no existiese esa libertad, todas nuestras alineaciones mentales se vuelven una fantochada. La imposición, el anhelo de controlar lo incontrolable desde fuera, hace a las sociedades y comunidades más propensas a la locura colectiva. La "salud mental" se nos vuelve un instrumento de control, dirigido, principalmente, por las mentes más insanas. Si no podemos soñar (o aun peor, todos nuestros sueños se uniforman), no podremos dialogar con los locos**. Nos perderemos la infinita riqueza de los que han tenido que abandonar esta realidad "física" por dolor o por alguna enfermedad en el cerebro. Empezará a reinar la idea de que todos son "otros seres", no humanos, que no tienen ni merecen dignidad. Perderemos la gran oportunidad de entender las razones por las que esas otras personas, tan sanas como nosotros en otro momento, perdieron "la razón". No sabremos - ni querremos saber - que lo que les pasó a ellos nos pudo pasar a nosotros. Perderemos, y tal vez para siempre, la posibilidad de volver a verlos sanos, ahora mucho más ricos, después de haber vivido la locura. Nos perderemos lo mejor: que ellos, ahora sanos, nos muestren, nos señalen, lo mucho de locura que hay en lo que nosotros llamamos "normalidad". ¿No es la guerra "normal"? ¿No lo es la abrumadora violencia que se esconde en la vía pública pero se desata en lugares tan "seguros" como nuestros hogares? ¿No es "normal" que miles, millones, se mueran de hambre mientras sobra la comida? ¿No lo es que, en cada país, haya siempre un delincuente entre quienes nos gobiernan? Necesitamos siempre alguien que nos cuestione desde afuera. ¿Cómo podremos responderle si, en nuestra vida interior, reinan la nada y el vacío? Si la vida está llena de arte - y uno donde quepan muchos, muchos - la respuesta para ellos podría ser más humana, más llena de dignidad. La respuesta que les demos será, en mucho, la que podremos darnos a nosotros mismos. Porque es ese, casi siempre, el temor que nos impide aceptarlos como personas: la posibilidad de volvernos locos también nosotros. Y ahí está la locura, porque esa posibilidad está siempre abierta. Es la misma, en la misma dimensión, la que nos lleva a nuestra propia libertad.

* Comunicación social - periodismo.
** Hay muchas otras consecuencias, por supuesto. Pero, por hoy, me detengo sólo en esta.

Ver también:
Mundos virtuales, videojuegos y escuela - Alejandro Tortolini
https://plus.google.com/u/0/102383703109660897323/posts/b4gfkg1XQap


La imagen que usó Tortolini es de Tera's Elin.  Para una discusión más técnica sobre la censura aplicada al juego, ver:
Tera's Elin censorship photos released! by End_break_fomar
http://my.mmosite.com/1cd10251c16a43d090e2399862b464a2/blog/item/1c8e968e01d15c1fdfee5b36fccf123e.html (original en inglés; la traducción automática está aquí).

Un texto mucho más serio y profundo sobre el mismo tema (sólo en inglés, complete online) es:
FELMAN, Shoshana.  Writing and madness (Literature / philosophy / psychoanalysis).  http://www.sup.org/ancillary.cgi?isbn=0804744491;gvp=1.  Palo Alto, California (E.U.): Stanford University Press, 2003


viernes, octubre 31, 2008

Los puntos sobre las íes

O sobre cómo los medios buscan satanizar el secuestro y ablandar las masacres.

Miércoles 22 octubre 2008
 
No es ningún misterio. Si el asesino del niño secuestrado hubiera sido un paramilitar el despliegue de los medios hubiera sido mucho menor. Desde 1990, cuando Pizarro Leóngomez estaba vivo, los grandes medios de comunicación en Colombia se pusieron de acuerdo en "no servir de caja de resonancia para acciones terroristas". El único que se negó fue El Colombiano, con el argumento de que se dejaría de favorecer el intercambio de ideas necesario para la paz. Los demás siguieron la línea y, en los últimos años, la han estrechado, en el más puro estilo gringo.

Las revistas "informativas" de mayor publicación siguieron el juego de ignorar ramplonamente a los paramilitares, ceñirse a la información de las fuerzas armadas y mostrar a la guerrilla y el narcotráfico como el (único) enemigo militar. Sólo empezaron a "aparecer" con las negociaciones de paz en México y Venezuela en los gobiernos Gaviria y Samper, pero el tono sigue igual: el secuestro es el más terrible de los delitos, las masacres son sólo objetivamente malas.

Igual que el gobierno, los dueños de los medios quieren hacernos creer que retener a una persona, así sea por unas pocas horas, es mucho peor que asesinarla. Tan curiosa postura jurídica proviene, precisamente, de que las víctimas de los secuestros están más cerca del gobierno y de los dueños de los medios, que las de las masacres. No es sino revisar: ¿hay algún cacao entre las miles de víctimas de las masacres? Por supuesto que no. De los secuestros sí, de hecho se pensaron desde un principio para eso pero, durante las negociaciones de paz del gobierno Pastrana, la guerrilla lo amplió a todo el que tuviera un pequeño capital.

Pero el secuestro, en cualquier orden legal, está por debajo del asesinato. Si una persona retiene, es obvio que su interés es económico. La gravedad del secuestro no está en la retención en sí sino en la amenaza de muerte si no se paga el dinero. La víctima del secuestro paga justamente para evitar que lo maten. Se reduce a la persona a mercancía y se utiliza el amedrentamiento para alcanzar un fin económico. Un asesinato doloso, es decir, con la clara intención de hacer daño, es gravísimo en cualquier parte del mundo. Si la intención no es retener para obtener dinero sino acabar con la vida de la otra persona, es obvio que ni siquiera se deja el resquicio de recuperar a la persona después de pagar. Peor aun si se gana dinero con el asesinato. Ya no es la vida humana la que vale sino su muerte.

Así, mientras el status quo hacía todo lo posible por mostrar el secuestro como el peor drama nacional (que lo es), uno peor se fraguó, se "institucionalizó" y prosperó al lado de las escuelas de sicarios: los escuadrones de la muerte. En México y EE.UU. se les conoce como "vigilantes". Acá se les llamó "paramilitares" porque era un secreto a voces que el ejército los organizaba, colaboraba con ellos y, en el mejor de los casos, se hacía el de la vista gorda. Por eso los documentos oficiales nunca han gustado del término, se refieren a ellos como "los mal llamados grupos paramilitares".

Una masacre es un delito complejo. No se trata de un asesinato. Es algo peor: son varios al mismo tiempo, con clara intención de hacer daño, no sólo a los que se mata sino a toda una serie de comunidades que se amedrenta. Es decir, se hace todo el daño al que se llega con el secuestro y se le agrava con un radio de acción más amplio y unas consecuencias más severas. Si la retención de uno es grave, asesinarlo es peor. Por ejemplo: un secuestrador sigue todo el procedimiento típico del delito. Resulta que los familiares de la víctima no le pagan. El victimario sigue amedrentando pero no cumple con la amenaza de matarlo, no llega a tanto, su respeto a la vida se lo impide. Cualquier jurado o juez en el mundo consideraría esa actitud de respeto como un atenuante: secuestra pero no asesina. En una masacre no sólo se asesina a Pedro, sino también a Pablo, Juan, Camilo, Marta, Miguel...

En la escalada del conflicto la guerrilla siguió con los secuestros masivos. El de la idea no fue precisamente un guerrillero, fue de Pablo Escobar, que secuestró a varios familiares de personalidades a la vez para impedir la extradición. Pero la retaliación no se hizo esperar. Las masacres se concentraban en Urabá, con el exterminio masivo en Mapiripán comenzó la expasión del modus operandi en toda la nación. "Quitarle el agua al pez" era el argumento. Las partes del conflicto están, desde hace años, en un concurso macabro de quién es capaz de hacer lo peor. Eso es precisamente lo que la humanidad llama "guerra". De una escalada similar nacieron las bombas atómicas.

Es importante reconocer que lo mejor para el país y para la humanidad es tomar la dirección contraria. ¿Por qué los paramilitares, en vez de masacrar, no empezaron con los secuestros masivos? En vez de llegar a un pueblo y matar 10, 20, 30 personas ¿por qué no las retuvieron? Porque la idea era superar a su enemigo en el terror. No era quitárselo de encima ni responder con el ojo por ojo, diente por diente. No. Era llegar más lejos que él. Ser más_atroz que él. El único que ha establecido la relación entre sadismo y narcotráfico parece ser Gustavo Alvarez Gardeazábal, en "Comandante Paraíso". Muestra como "ver sufrir" al enemigo es un aliciente, como la mafia (igual que todas las mafias del mundo) utiliza la tortura como sanción ejemplar. No basta matarlo, hay que desmembrarlo, cortarlo de forma minuciosa para hacer evidente su sufrimiento a los demás. Se trata de trasmitir el mensaje de "si te metes en la guerrilla sufrirás lo indecible". Una respuesta al "si eres rico tienes que pagar, hasta con tu vida" de la guerrilla.

El paso hacia adelante implica reconocer también que los medios de comunicación hacen todo lo posible por ignorar a las víctimas del secuestro llevado a cabo por paramilitares. País Libre, en sus estadísticas, muestra que estos grupos son responsables de, al menos, el 17% de los secuestros, muy por encima de la delincuencia común. Los medios, en cambio, no entrevistan a las víctimas, no les hacen homenajes, no los convierten en símbolos nacionales por obvias razones. Si la ultraderecha también secuestra ¿cómo se sataniza el secuestro? NO ES EL SECUESTRO EN SÍ LO QUE VEN COMO MAL. Es el secuestro de la guerrilla. Se trata de ubicar, identificar y condenar sólo a un grupo. Y ¿dónde están los secuestrados de los paras? ¿Qué han dicho al respecto los líderes de las AUC en las audiencias de Justicia y Paz? Para los grandes medios ese tema no existe. Consideran a País Libre una organización respetable porque la organizó el hoy vicepresidente, Francisco Santos, pero se hacen los locos con sus cifras.

Desde el otro extremo, es evidente que la guerrilla se hace la de la vista gorda con el secuestro simple. Lleva años diciendo que no secuestran, igual que el gobierno, afirma que si alguien lo hace, son "elementos aislados". El gobierno dice que "vivimos una paz paramilitar", la guerrilla sostiene que no hay ningún deterioro ideológico, que el narcotráfico no los ha permeado. Y también hacen falta investigaciones minuciosas sobre las masacres de la guerrilla, que por ser menos no dejan de ser graves. ¿Serían capaces de ubicar las fosas comunes y mostrárselas a sus víctimas? No lo creo, en lo más mínimo.

Para todos nosotros vuelve a ser importante reconocer respuestas obvias: hubiera sido mucho mejor pagar más impuestos y que las fuerzas armadas hubieran llegado legalmente, sin violar los Derechos Humanos, a los territorios controlados por la guerrilla, que pagar cuantiosas bandas de asesinos para hacerlo. También que era mejor pagar más impuestos, ser más puntuales en las leyes laborales (¡cumplirlas al fin!), proteger hasta con nuestras palabras a los sindicalistas y miembros de la oposición amenazados, a dejar que los partidarios de las posturas armadas tomaran fuerza. Todo eso es evidente, pero ¡¡cuántas vidas, cuántos sufrimientos, cuántas locuras nos cuesta apenas empezar a reconocerlo!!